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Momentos domingo

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Me jure y perjuré que no volvería a disculparme por no publicar cuando toca,  pero es que este mes con tanto festejo familiar tengo el blog abandonado. Ultimamente mis días tendrían que tener 48 horas o más. ¡Que levante la mano a quien no le da la vida!

En mi cuenta de Instagram ya os había avisado de  lo intenso que es el mes de marzo en las semanas de siete domingos. Toda la familia cumple años en marzo y esto es un sin parar de festejos varios. Cumple de Elia en fases: fiesta “intima” en casa, pastel para llevar al cole, fiesta en el parque con los amigos, fiestas familiar a lo grande. A eso añadimos mi cumpleaños, el de su padre, el del abuelo, amigos, tíos y algún primo… esto es un sin vivir de velas, espanta suegras y globos.

No sabía que la maternidad me iba a dar poderes. Poderes de verdad, no para ser la Súper woman que la sociedad nos exige ser cuando tenemos hijos. Son poderes “curativos”. Mis abrazos se convierten en la mejor medicina; no bajan la fiebre, pero calman, consuelan, cobijan, abrigan y protegen. Los abrazos de las madres deberían ser de prescripción médica obligatoria. Ahora soy de las privilegiadas que pueden dar abrazos sin horarios, porque la fiebre y los niños no entienden que los abrazos tengan horario laboral.

Mi único propósito del año pasado fue dejar de quejarme. Casi lo consigo, si no contamos los cientos de veces que lo he hecho a causa de mi teórica falta de tiempo. Llevo todo el año como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Este 2016 me propongo tomarme con mucha calma lo de mi supuesta falta de tiempo y dedicarme diez minutos cada día para hacer algo al 100% sin tener la cabeza en miles de cosas. Diez minutos para hacer algo de forma consciente, disfrutando de ese momento y dejar de pensar en todo lo que tengo que hacer después… Me voy a tomar diez minutos como los de mi hija Elia. Tiene varias versiones: diez minutos express, diez minutos medianos o diez minutos de los largos…

Después de una largas vacaciones navideñas volvemos a la carga. Sé que el primer post del año debería ser una lista de propósitos pero lo voy a dejar para dentro de unos días. Hoy prefiero hablar sobre la magia de las primeras veces. Elia ya tiene casi cinco años y está en pleno aprendizaje, descubriendo cosas nuevas todos los días. Ya casi ni me acuerdo de algunas de sus primeras veces: la primera vez que vio el mar, su primer amanecer, su primer arcoiris o su primer estornudo del que os puedo asegurar que se quedó ojiplática. Quedan muchas primeras veces por compartir. Son también las mías porque es la primera vez que las vivo con ella, las disfruto con la misma intensidad, con la misma emoción y de nuevo soy niña. Solo espero que cuando Elia sea mayor recuerde esos momentos como  algo especial y se la dibuje una sonrisa tonta de felicidad como la que tengo al recordar el momento de ver y tocar la nieve por primera vez.

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