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Reflexiones

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Hace unos días os contaba que me había propuesto investigar más sobre la pedagogía Montessori. He leído, he escuchado y he empezado a  hacer pequeños cambios en casa que han mejorado nuestro día a día, pero eso os lo cuento otro día. Lo que más me ha gustado es que he estado más presente,  mucho más receptiva y sobretodo  mucho más consciente en cada uno de los momentos que he compartido con mi hija.

Si algo tengo claro es que educamos cada minuto que estamos con ellos y por lo tanto día a día estamos decidiendo cómo  queremos hacerlo y cómo queremos que sean nuestros hijos.

Me jure y perjuré que no volvería a disculparme por no publicar cuando toca,  pero es que este mes con tanto festejo familiar tengo el blog abandonado. Ultimamente mis días tendrían que tener 48 horas o más. ¡Que levante la mano a quien no le da la vida!

En mi cuenta de Instagram ya os había avisado de  lo intenso que es el mes de marzo en las semanas de siete domingos. Toda la familia cumple años en marzo y esto es un sin parar de festejos varios. Cumple de Elia en fases: fiesta “intima” en casa, pastel para llevar al cole, fiesta en el parque con los amigos, fiestas familiar a lo grande. A eso añadimos mi cumpleaños, el de su padre, el del abuelo, amigos, tíos y algún primo… esto es un sin vivir de velas, espanta suegras y globos.

Hoy me vais a perdonar pero no voy a hablar de mí , ni de ninguno de mis hallazgos de  este universo infantil que tanto me gusta y que disfruto al máximo. Hoy voy a hablar de una persona muy importante no solo para mí, sino también para Elia: la yayi. Esta semana mi madre ha cumplido 70 años y aunque no soy de las de que van sumando crisis de década en década os he de confesar que los 70 de mi madre me han llevado a un cierto estado de nostalgia y de emociones encontradas. Una mezcla de inmensa felicidad por  tenerla a mi lado durante todo este tiempo , pero  ese  7 también me ha dejado un cierto regusto amargo. Todo pasa tan deprisa que necesito darle al botón de parar.

Me he dado cuenta de lo mucho que me cuesta parar y estar aparentemente sin hacer nada. Me urge aprender a parar sin sentirme culpable. Está claro que no estoy  descubriendo la sopa de ajo, pero una tiene estos momento de reflexión y lucidez, cuando los tiene.

El fin de semana pasado nos fuimos de camping, cosa que no hacemos normalmente. Le quería regalar a Elia un fin de semana diferente, sin horarios, sin planes, de esos de no hacer nada. La verdad es que me parecía que lo de ir a un camping de playa fuera de temporada nos daría todo eso y más. Y realmente fue así. Sin embargo yo no estaba preparada para no hacer nada. La sensación de no tener un plan me empezó a angustiar  y rápidamente empecé a proponer cosas; que si vamos a la playa, que si vamos a ver las instalaciones, que si hacemos fotos, que si jugamos a las cartas… ¡¡¡STOP!!!! , pero,  ¿no se trataba de no hacer nada?

Elia sabe que el día que mami se pinta los labios de rojo pasa algo importante: reunión, acto blogueril o cualquier otra cosa de carácter varipinto. Lo peor de todo es que no sólo Elia se ha dado cuenta, su profesora cuando me ve llegar al cole con doble capa de chapa y pintura y los labios pintados como si me fuera a tomar un vermut a Palo Alto ( Palo Alto: el  mercadillo más molón de la Barcelona donde lo importante es el postureo y dejarse ver después de hacer una cola de hora y media para entrar) también sabe que  ese día se cuece algo y que probablemente Elia se quedará a comer, a las extraescolares y que con suerte su padre la irá a recoger a las 5.

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