Hace unos días os contaba que me había propuesto investigar más sobre la pedagogía Montessori. He leído, he escuchado y he empezado a  hacer pequeños cambios en casa que han mejorado nuestro día a día, pero eso os lo cuento otro día. Lo que más me ha gustado es que he estado más presente,  mucho más receptiva y sobretodo  mucho más consciente en cada uno de los momentos que he compartido con mi hija.

Si algo tengo claro es que educamos cada minuto que estamos con ellos y por lo tanto día a día estamos decidiendo cómo  queremos hacerlo y cómo queremos que sean nuestros hijos.

El próximo curso  Elia empezará Primaria y le preguntaron hace unos días qué había aprendido durante  durante estos tres años. Para ella lo importante no ha sido aprender  los números, ni siquiera ver cómo las letras empezaban a unirse por arte de magia  o a situar Siria en el mapa. Su respuesta fue: “He aprendido a hacer las cosas bien, y eso quiere decir  saber cuidar de mí misma y  cuidar a mis compañeros” Después de una respuesta así solo me queda pensar que no lo estamos haciendo tan mal.

Soy muy crítica con el sistema educativo tradicional y para Elia buscamos una alternativa a las aulas  con mesas y sillas perfectamente colocadas, a lo de hacer fichas y a lo de  pintar sin salirse de la raya. Ahora que está a punto de acabar una etapa estoy convencida de que la decisión fue la correcta, no la perfecta porque no existe, pero sí la mejor que podíamos ofrecerle. Le hemos dado un lienzo en blanco que le estamos ayudando a pintar pero sin líneas que no le dejen avanzar, que le condicionen y que limiten su creatividad. Estoy convencida que la educación es lo que puede hacer cambiar las cosas. Nuestros hijos  deben  ser generadores de cambio, no eduquemos niños que simplemente pasen por ahí, que hagan lo que se les dice que tiene que hacer y no tengan un ápice de iniciativa, de pensamiento crítico  ni de ganas de hacer las cosas de otra forma. Porque no hay cosa que más me guste que verla como se “sale de la raya”, ver como busca otros caminos y descubrir que las posibilidades son infinitas.

En todo este proceso creo que he aprendido yo más que ella  y sobre todo soy mucho más consciente de lo que me queda por aprender. He aprendido a confiar en ella y en sus capacidades. He podido comprobar que existe una  necesidad  innata por aprender y que nuestro papel es  estar ahí, eso sí, bien atentos para ofrecerle  las herramientas que necesite en cada momento. También he aprendido a relativizar los tiempos, dejar las prisas para el mundo adulto y cargarme de paciencia. He aprendido a observar, a escuchar y a dejar que las cosas no salgan bien a la primera, porque eso es importante, que no salgan bien a la primera. No era consciente de lo importante que es que aprendan a gestionar sus frustraciones cuando algo no sale bien. Eso les permite tolerar el error, esforzarse y ser perseverantes.

También he aprendido a perdonarme, a aceptar que tengo días malos y momentos en los que no he estado a la altura. A sentirme abrumada, cansada y a no saber resolver con éxito alguna situación.  ¿Pero quién dijo que esto iba a ser perfecto?  Elia me lo dice constantemente: “Mami, las cosas no tienen que ser perfectas” ¡Feliz “domingo”!

1 Comment

  1. Precioso post!
    Las nuevas líneas de educación en las que se potencia que los niños descubran sus propias habilidades y vayan aprendiendo a aprender, investigando, experimentando me parecen muuuy interesantes.
    A los que no hemos sidp educados así nos cuesta pero seguro que aún podemos aprender.
    Un saludo

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