La semana pasada fue de esas de no parar, con emociones a flor de piel. Si no fuera porque estoy segura de que no, diría que estoy embarazada. En mi búsqueda diaria de “momentos domingo” no faltan aquellos en los que no participo activamente, tomo distancia y observo. Es como como mirar por el ojo de la cerradura.

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Estonces se produce la magia. Ahí está ese momento. Normalmente se trata de algo muy sencillo, cotidiano, aparentemente sin importancia pero que lo visualizo como si estuviera viendo una película. Me emociono y se me pone cara de tonta, y una sonrisa extraña que me hace sentir muy bien. Antes me desesperaba por capturar ese momento con la cámara, lo que provacaba que se desvaneciera  en el tiempo. He aprendido a romper con esa tendencia de fotografiarlo todo y  lo he cambiado por vivirlo de forma que quede fotografiado en mi cabeza. El otro día cuando Elia se despedía de mis padres en un cruce de calles, se dio ese momento mágico. Solo fue algo sin importacia, vanal,  pero lo cara de los tres era de absoluta felicidad. La relación de Elia con los abuelos es muy intensa, son imprescindibles en su vida y ella en la de ellos. Mis padres pertenecen a esa generación que se ha matado a trabajar. Con un pequeño negocio familiar que les robaba las 24 horas al día, no pudieron dedicarme mucho tiempo de ocio. Crecí pensando que pasarlo bien y divertirse era un lujo que no nos podíamos permitir. Ahora, sin embargo, los veo disfrutar de su tiempo con mi hija y eso me reconforta. Ellos me han dado todo lo que tengo y todo lo que soy y ahora a través de los pequeños momentos que pasan con mi hija puedo devolverles algo.

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La relación con la abuela es muy especial, son confidentes, se cuentan historias secretas y tienen su propia forma de entenderse. Elia sabe que su Yayi le deja hacer todo lo que quiere y que si es necesario  hace el pinopuente aunque sus rodillas no den ni para agacharse a recoger un papel.

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Yo también tenía una relación así con mi abuela. Fue una persona importantísima en mi vida y una figura clave en mi preadolescencia. A pesar de su educación conservadora y de vivir la mayor parte de su vida en un pueblo agrícola de menos de trescientos habitantes, mi abuela era una moderna. ¡Cuánto la echo de menos ! Ahora veo a mi madre con Elia y la historia se repite. Las observo sin que se den cuenta y en semanas como esta me tengo que esconder para que no descubran cómo me emociono al verlas.

¡Feliz “domingo”!

 

 

5 Comments

  1. Maravilloso post, Esther… Me ha encantado… Tienes razón, un momento mágico puede ser lo más vanal del mundo.

  2. Precioso post… yo no he tenido abuelas ni abuelos (por ninguna de las partes) sin embargo a veces quiero tener un bebe pronto sólo porque mis hijos disfruten de mi madre y si que tengan a alguien a quién decirle yaya… me ha emocionado tu post. Precioso!

  3. Ester no se si es el tiempo otoñal o que sera pero yo también tengo una semana tonta…Además la yaya que vino a ver a su nieta por creo q solo cruza el charco por ella y no por sus hijas (mi hermana y yo) a regresado a Colombia dejando una soledad enorme y un vacio tan tan grande en nuestros corazones y como la tuya hace lo que sea por su nieta hasta el pino puente si es necesario siendo que su cuerpo ya se lo impide por una artrosis no hay nada que la detenga ni su miedo a volar ni su enfermedad ni nada da la vida por su nieta. Asi que me robaste más lágrimas pero solo queda decir QUE VIVAN LAS YAYAS.

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