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Reflexiones

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Me he dado cuenta de lo mucho que me cuesta parar y estar aparentemente sin hacer nada. Me urge aprender a parar sin sentirme culpable. Está claro que no estoy  descubriendo la sopa de ajo, pero una tiene estos momento de reflexión y lucidez, cuando los tiene.

El fin de semana pasado nos fuimos de camping, cosa que no hacemos normalmente. Le quería regalar a Elia un fin de semana diferente, sin horarios, sin planes, de esos de no hacer nada. La verdad es que me parecía que lo de ir a un camping de playa fuera de temporada nos daría todo eso y más. Y realmente fue así. Sin embargo yo no estaba preparada para no hacer nada. La sensación de no tener un plan me empezó a angustiar  y rápidamente empecé a proponer cosas; que si vamos a la playa, que si vamos a ver las instalaciones, que si hacemos fotos, que si jugamos a las cartas… ¡¡¡STOP!!!! , pero,  ¿no se trataba de no hacer nada?

Elia sabe que el día que mami se pinta los labios de rojo pasa algo importante: reunión, acto blogueril o cualquier otra cosa de carácter varipinto. Lo peor de todo es que no sólo Elia se ha dado cuenta, su profesora cuando me ve llegar al cole con doble capa de chapa y pintura y los labios pintados como si me fuera a tomar un vermut a Palo Alto ( Palo Alto: el  mercadillo más molón de la Barcelona donde lo importante es el postureo y dejarse ver después de hacer una cola de hora y media para entrar) también sabe que  ese día se cuece algo y que probablemente Elia se quedará a comer, a las extraescolares y que con suerte su padre la irá a recoger a las 5.

No sabía que la maternidad me iba a dar poderes. Poderes de verdad, no para ser la Súper woman que la sociedad nos exige ser cuando tenemos hijos. Son poderes “curativos”. Mis abrazos se convierten en la mejor medicina; no bajan la fiebre, pero calman, consuelan, cobijan, abrigan y protegen. Los abrazos de las madres deberían ser de prescripción médica obligatoria. Ahora soy de las privilegiadas que pueden dar abrazos sin horarios, porque la fiebre y los niños no entienden que los abrazos tengan horario laboral.

Mi único propósito del año pasado fue dejar de quejarme. Casi lo consigo, si no contamos los cientos de veces que lo he hecho a causa de mi teórica falta de tiempo. Llevo todo el año como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas. Este 2016 me propongo tomarme con mucha calma lo de mi supuesta falta de tiempo y dedicarme diez minutos cada día para hacer algo al 100% sin tener la cabeza en miles de cosas. Diez minutos para hacer algo de forma consciente, disfrutando de ese momento y dejar de pensar en todo lo que tengo que hacer después… Me voy a tomar diez minutos como los de mi hija Elia. Tiene varias versiones: diez minutos express, diez minutos medianos o diez minutos de los largos…

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