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Cada año intento ser más selectiva a la hora de comprar juguetes para Navidad y Reyes. Es un época de excesos. Regalamos a los peques más juguetes de los que pueden gestionar, por eso cada vez intento comprar de forma más racional y consciente. Además, igual que con los libros infantiles, con los juguetes me pasa lo mismo, disfruto descubriendo nuevos tesoros.  Mis criterios son variopintos pero lo que sí intento es que tengan un valor pedagógico y también que  sean estéticos. Creo que rodear a los peques de juguetes cuidados y de calidad es importante y por último que sean lo más sostenibles posible. Intento cumplir con lo de “menos es más” y  me siento con la obligación de mostrar a mi hija otros juguetes  distintos de los que se ven constantemente por ahí, casi de forma invasiva.

Sigo en mi empeño de aprender más sobre la pedagogía Montessori. Gracias a los libros que os recomendé  ya voy entendiendo parte de su filosofía donde  el orden, la presentación de las propuestas y los materiales Montessori tienen mucha importancia. Nada es al azar y eso en algún momento me está creando cierta angustia porque aunque sé que estoy educando las 24 horas del día, no me quiero olvidar de la espontaneidad, de perdonarme por no estar siempre al 100% y de disfrutar de todo el proceso. No nos olvidemos de eso. Como dice el tipo duro, me niego a ir todo el día con un manual bajo el brazo y tiene parte de razón.

Bueno, al grano.  Yo estaba hablando de materiales Montessori…

Tengo una caja llena de sorpresas y tesoros secretos. Allí guardo algún peluche, muñecas de trapo, una peonza, pegatinas, juegos de mesa y siempre tengo algún libro infantil escondido.  El contenido de mi caja mágica siempre va cambiando y de vez en cuando estos pequeños tesoros salen para unirse al resto de habitantes  de la casa y así  dejar sitio a otros que voy encontrando poco a poco. Hace unos días la caja dejó salir a uno de sus inquilinos,  el libro-juego Aeropuerto de Edebé.

Hay un sitio secreto en Barcelona en pleno barrio del Borne con dos puertas mágicas. Una de ellas es una viaje al pasado: fotografía instantánea, la mítica Polaroid y la vuelta a lo analógico. La otra, flanqueada por tres sillas, esconde cientos de objetos de deseo que van a hacer que no quieras salir de allí.  Es visita obligada para  mis compras navideñas y  todavía no sé qué puerta elegiré para entrar, la de Impossible o la de Chandal.

Estoy un poco saturada de la vorágine de compras navideñas. Llevo días reflexionando sobre el exceso de juguetes que les regalamos a los peques durante estas fechas. No solo me preocupa la cantidad sino también el tipo de juguetes. Mi hija va loca por todo lo que sea color rosa chillón y yo, por el contrario,  por todo lo que tenga una estética minimalista, sin botones  y que no hagan nada. Me gustan los juguetes que dejan a los niños hacer, pensar, crear, imaginar… Ella sabe que no tenemos los mismos gustos y llegamos a acuerdos para conseguir cierto equilibrio. Creo que poco a poco la voy llevando a mi terreno.

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